domingo, 10 de septiembre de 2017

“LA CHICA QUE DEJASTE ATRÁS”, DE JOJO MOYES



**Editorial Suma de Letras

**La autora de Yo antes de ti vuelve con una historia que te emocionará

**Dos mujeres separadas por un siglo pero unidas por su determinación a luchar por lo que más aman. A cualquier precio.


En 1916 el artista francés Édouard Lefèvre ha de dejar a su mujer, Sophie, para luchar en el frente. Cuando su ciudad cae en manos de los alemanes, ella se ve forzada a acoger a los oficiales que cada noche llegan al hotel que regenta. Y desde el momento en que el nuevo comandante posa su mirada en el retrato que Édouard pintó a su esposa nace en él una oscura obsesión que obligará a Sophie a arriesgarlo todo y tomar una terrible decisión.

Casi un siglo más tarde, el retrato de Sophie llega a manos de Liv Halston como regalo de boda de su marido poco antes de su repentina muerte. Su belleza le recuerda su corta historia de amor. Pero cuando un encuentro casual revela el verdadero valor de la obra, comienza la batalla por su turbulenta historia, una historia que está a punto de resurgir, arrastrando con ella la vida de Liv.


FRAGMENTO

“Empezó a pintar, y yo le observaba. Analizaba cada centímetro de mi cuerpo con intensa concentración, como si no pudiera soportar equivocarse. Vi la satisfacción dibujándose en su rostro, y sentí que reflejaba la mía. Ahora ya no tenía inhibiciones. Era Mistinguett, o una prostituta de Pigalle, sin miedo, sin complejos. Quería que investigara mi piel, los huecos de mi cuello, la parte inferior secreta y reluciente de mi pelo. Quería que viera hasta el último trocito de mí.
      Mientras él pintaba yo iba estudiando sus rasgos, la forma en la que se murmuraba a sí mismo al mezclar colores en la paleta. Le veía arrastrando los pies, como si fuera mayor de lo que era. Solo era un amaneramiento, porque era más joven y fuerte que la mayoría de los hombres que entraban en la tienda. Recordé su forma de comer, con un placer ávido y evidente. Canturreaba la melodía del gramófono, pintaba cuando quería, hablaba con quien quería y decía lo que pensaba. Deseaba vivir como Édouard, con alegría, bebiendo sorbo a sorbo la esencia de cada momento y cantando por lo bien que sabía.
      Y entonces se hizo de noche. Paró para limpiar los pinceles y miró a su alrededor, como si acabara de darse cuenta. Encendió varias velas y una lámpara de gas, las puso a mi alrededor, y suspiró al comprender que le había vencido el atardecer.
      —¿Tiene frío? —preguntó.
      Negué con la cabeza, pero él fue hasta su cómoda, sacó un chal de color rojo vivo y lo colocó cuidadosamente sobre mis hombros.
      —La luz se ha ido por hoy. ¿Le gustaría verlo?
    Me ceñí el chal y fui hacia el caballete con los pies descalzos sobre el suelo de madera. Me sentía como en un sueño, como si la vida real se hubiera evaporado en las horas que había estado allí. Tenía miedo de mirar y que se rompiera el hechizo.
       —Venga. —Me hizo un gesto para que me acercara.
     En el lienzo vi a una chica que no reconocía. Ella me miraba desafiante, con destellos cobrizos en el pelo a media luz, y la piel pálida como el alabastro, una chica con la imperiosa confianza de una aristócrata.
     Era extraña, orgullosa y bella. Como si me hubieran puesto un espejo mágico delante.
      —Lo sabía —dijo él con voz suave—. Sabía que estaba ahí dentro.
     Sus ojos parecían tensos y fatigados ahora, pero él estaba satisfecho. Me quedé mirando a la chica un momento más. Y entonces, sin saber por qué, di un paso hacia delante, levanté las manos y cogí su cara para que tuviera que mirarme de nuevo. Acerqué su rostro a unos centímetros del mío, y le hice mirarme, como tratando de absorber de algún modo lo que veía.
      Nunca había deseado la intimidad con un hombre. Los ruidos y gemidos animales que salían del dormitorio de mis padres —normalmente cuando mi padre estaba borracho— me espantaban, y al día siguiente sentía lástima cuando veía a mi madre con la cara amoratada y caminando con cuidado. Sin embargo, lo que sentía por Édouard me superaba. No podía apartar los ojos de su boca.
      —Sophie…
     Apenas le oí. Acerqué su cara a la mía. El mundo se evaporó a nuestro alrededor. Sentí su barba raspando las palmas de mis manos, el calor de su aliento sobre mi piel. Sus ojos estudiaban los míos con enorme seriedad. Juro que parecía como si acabara de verme por primera vez en aquel instante.
      Me incliné hacia delante, apenas unos centímetros, conteniendo la respiración, y puse mis labios sobre los suyos. Sus manos se posaron en mi cintura, apretándome instintivamente. Su boca se juntó con la mía, e inhalé su respiración, los rastros de tabaco, de vino, su sabor cálido y húmedo. «Oh, Dios, quería que me devorase». Cerré los ojos, mi cuerpo empezó a echar chispas, a vibrar. Sus manos se enredaron en mi pelo, y bajó sus labios hasta mi cuello.
      La gente de juerga en la calle estalló en sonoras carcajadas, y mientras las banderas ondeaban con la brisa nocturna, algo en mí cambió para siempre.
      —Oh, Sophie. Podría pintarte todos los días de mi vida —murmuró sobre mi piel. Al menos creo que dijo «pintarte». A esas alturas, ya era demasiado tarde para que me importara.”


Jojo Moyes es autora de novelas que han recibido maravillosas críticas e incluyen best sellers como Uno más uno (Suma de Letras, 2015) y el fenómeno internacional Yo antes de ti (Suma de Letras, 2014), que ha vendido más de siete millones y medio de ejemplares, ocupó el número 1 de las listas en nueve países y ha sido convertido en una película de éxito. Su continuación, Después de ti, fue publicada en 2016. Jojo vive en Essex con su marido y sus tres hijos.


No hay comentarios: